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Por qué el modelo asistencialista en cultura dejó de servir

PorNatalia Stipo el

Durante las últimas décadas, el modelo sobre el cual se ha sostenido la institucionalidad cultural en América Latina —y especialmente en Chile— ha sido fundamentalmente asistencialista. La cultura ha sido tratada como un bien frágil, subsidiado, al que se le asigna valor solo si es capaz de “acceder” a fondos estatales.

Desde hace años, la cultura en Chile —y en gran parte de América Latina— ha sido tratada como un campo de la excepción: un sector frágil, subsidiado, que se mantiene vivo gracias al esfuerzo de creadores y gestores que, como pueden, resisten. Resistimos a la precariedad, a la intermitencia de los fondos, a las bases concursables diseñadas sin visión estratégica. Pero resistir, aunque heroico, no es una política. Y el modelo asistencialista sobre el cual hemos montado toda nuestra institucionalidad cultural ya no solo es insuficiente: es un obstáculo.

Lo digo con la experiencia de haber fundado TRAMA, una organización que decidió desde su origen operar sin subsidios estructurales ni donaciones. No por arrogancia, sino por convicción. Si la cultura quiere ocupar un lugar real en el desarrollo de un país —en su economía, en su política pública, en la vida cotidiana—, no puede depender de la caridad ni del paternalismo institucional. Tiene que demostrar, con hechos, que es capaz de crear valor, empleo, sentido y transformación concreta.

Y lo hace. Lo hemos visto en nuestras propias iniciativas: laboratorios creativos que transforman escuelas con altos niveles de deserción en espacios de pertenencia y afecto; procesos de curaduría colectiva que devuelven legitimidad a debates patrimoniales despolitizados; alianzas con actores internacionales como Qatar Museums que han situado a Chile en la agenda global de cooperación cultural. Nada de eso nació de un fondo estatal. Todo fue resultado de metodologías, redes y voluntad de articulación intersectorial.

El problema es que el modelo asistencial no solo no incentiva esto: lo castiga. Penaliza la autonomía, desalienta la innovación y termina premiando la dependencia. Si un proyecto se atrasa por una demora del mismo aparato público que lo financia, es sancionado. Si logra sobrevivir por vías propias, se le exige devolver fondos como si hubiera fallado. Es exactamente lo que enfrentamos recientemente con la terminación anticipada del proyecto CORFO que lideramos: pese a haber cumplido los objetivos, expandido internacionalmente y generado nuevos empleos en el sector, se nos acusó de incumplimiento por no encajar en los plazos administrativos. La lógica no fue evaluar resultados, sino procedimientos.

Proyecto colaborativo

Foto: Nombre Apellido / Obra: Nombre Apellido / Artista: Nombre Apellido / Ilustración: Nombre Apellido


Este enfoque no solo es injusto: es suicida. Porque no hay sector más potente para el futuro que la cultura. No como adorno ni como bien de consumo, sino como infraestructura blanda que permite imaginar otros modos de vivir, producir, convivir. Pero para que eso ocurra, debemos transitar desde un modelo de sobrevivencia hacia uno de desarrollo. No basta con llenar formularios ni sobrevivir a la convocatoria del año. Necesitamos sistemas de financiamiento público y privado que apuesten por procesos, que midan impacto más allá de cifras de asistencia, y que comprendan que la cultura no es un gasto: es inversión de largo plazo.

Este enfoque no solo es injusto: es suicida. Porque no hay sector más potente para el futuro que la cultura.

Hoy, cuando el país entero discute reformas estructurales en salud, educación, trabajo, la cultura no puede seguir esperando su turno. Tiene que ocupar un lugar en esa discusión no como sujeto vulnerable, sino como agente estratégico. Para eso hay que salir del circuito de la dependencia simbólica y económica. Hay que crear modelos nuevos, y defenderlos. No es fácil. Pero no hay otro camino si de verdad queremos que la cultura sea parte del futuro, y no solo un testimonio nostálgico del pasado.